El celo y la unión
De El destino equivocado, por Yeoli61
Después de cenar, todo pareció tranquilo. La luna llena alumbraba la noche con una claridad casi antinatural, filtrándose por cada ventana de la mansión como si buscara algo.
Para cada alfa, esa fase de la luna nunca era una noche cualquiera. Alfas y omegas la conocían de memoria, la temían y la esperaban al mismo tiempo: era cuando el instinto dejaba de pedir permiso. El control que tanto costaba sostener el resto del mes se debilitaba hasta desaparecer, y lo que quedaba debajo —primitivo, urgente— tomaba su lugar.
Do lo sabía mejor que nadie. Por eso, apenas terminó de cenar, se retiró y se encerró en su ala de la mansión, lo más lejos posible de Kai. No quería arriesgarse. No esa noche. No lograría soportarlo si lo tenía cerca.
Pero las cosas no siempre salen como uno espera.
Kai se metió en la bañera con agua fría, buscando cualquier cosa que le bajara la temperatura del cuerpo. No sirvió de mucho. Tenía las mejillas encendidas, la respiración corta y leves gemidos rebeldes salían de su boca por una inquietud que le subía desde el estómago. Estaba completamente lubricado de deseo, anhelando un nudo en él cada vez que intentaba pensar en otra cosa. El agua le corría por la piel, pero el calor seguía ahí, instalado, imposible de lavar.
Trataba de contenerse. De recordar que era su cuerpo el que reaccionaba, no él. Pero cada minuto que pasaba le costaba más distinguir la diferencia.
Al otro lado de la mansión, Do estaba en la misma guerra. Caminaba de un lado a otro de su habitación con los puños cerrados y la respiración pesada; su lobo pedía a gritos que tomara a su omega, que lo marcara y que le hiciera un nudo para tener sus cachorros. Seguía luchando contra sus propios pensamientos, tratando de convencerse de que aguantar una noche más era posible.
Entonces, el olor lo alcanzó.
Las feromonas de Kai, cada vez más intensas, se filtraron por debajo de la puerta y llegaron hasta él como un llamado imposible de ignorar. Do se quedó inmóvil un instante, tratando de resistir. Fue inútil.
Algo en él se soltó. Su lobo ya no aguantó más y tomó el control.
Su forma humana ya no alcanzaba para contener lo que se había despertado. Sintió el cambio recorrerle el cuerpo, el instinto tomando una forma más antigua, más honesta, y en cuestión de segundos ya no caminaba: corría, convertido en lobo, guiado únicamente por aquel aroma que lo llamaba desde el otro extremo de la casa.
Cuando llegó a la puerta de Kai, recuperó su forma humana, tratando de retomar el control de sus instintos. Respiraba agitado, con la vista fija en la puerta cerrada, como si algo más fuerte que él lo empujara a atravesarla.
La abrió despacio.
Kai estaba ahí, todavía empapado, con la mirada perdida y el cuerpo tembloroso. Cuando levantó la vista y lo vio, no hizo nada por cubrirse ni por alejarse.
—Ya no puedo contenerme más —dijo Do, con la voz quebrada por el esfuerzo de hablar antes de perder del todo la razón.
—Lo sé —respondió Kai—. Yo tampoco. Ya perdí el control de mi cuerpo.
Do se acercó lentamente, como si todavía le quedara una última pieza de él tratando de frenarlo.
—Kai... si mañana te arrepentís, quiero que recuerdes que podés odiarme. Podés irte. No voy a obligarte a nada.
Kai lo miró durante unos segundos, en silencio. Y, finalmente, acortó la distancia.
Do le acomodó unos mechones rebeldes que se pegaban a su rostro húmedo. Kai, con las mejillas encendidas y la respiración entrecortada, se acercó y capturó sus labios con un deseo voraz. El beso fue profundo, desesperado, un choque de dientes y lenguas que sabía a urgencia pura. Kai tiró de él de la camisa, arrastrándolo consigo al interior de la bañera. El agua fría salpicó el suelo, pero para ninguno de los dos existía el frío; la piel de ambos ardía como si estuvieran envueltos en llamas.
La ropa empapada de Kai se había vuelto transparente, pegándose a su pecho errático. Do, guiado por un hambre animal, comenzó a desvestirlo con tirones torpes y desesperados, desechando cualquier tela que le impidiera sentir la piel del omega. Sus manos grandes y firmes recorrieron los muslos temblorosos de Kai, sintiendo bajo el agua lo resbaladizo y preparado que estaba. El aroma dulce y espeso del celo saturaba el aire, mezclándose con el vapor que empezaba a elevarse en el baño por el choque de sus cuerpos hirvientes contra el agua fría.
Do descendió con sus besos por el cuello, chupando y lamiendo la piel sensible, marcando su camino hasta arrancar un gemido agudo de los labios de Kai. El omega se retorcía bajo su tacto, frotando sus caderas contra el cuerpo del alfa en una súplica silenciosa. Desesperado, Kai bajó una mano y rozó la innegable y abultada dureza de Do, soltando un quejido ahogado. Estaba al borde del colapso, ciego por la necesidad de sentirlo dentro.
Intentó empujarlo hacia su centro, pero Do, con los ojos oscurecidos por el deseo y las venas marcadas por el esfuerzo sobrehumano de contener a su lobo, lo agarró fuerte por las caderas, inmovilizándolo contra la porcelana de la bañera.
—Más despacio... —gruñó Do contra su oído, con la voz ronca y rasposa—. No quiero romperte.
Pero el omega no quería esperar. Levantó las piernas, enredándolas en la cintura de Do, invitándolo a tomar lo que le pertenecía. El alfa cedió, incapaz de resistir un segundo más. Entró de una sola estocada, profunda y certera.
Kai soltó un grito que fue mitad un dolor punzante y mitad un placer cegador, echando la cabeza hacia atrás mientras sentía cómo el alfa lo llenaba por completo. El agua de la bañera se desbordaba sobre los azulejos con cada embestida salvaje. El choque de sus pieles mojadas resonaba en el pequeño baño, un sonido rítmico y desvergonzado que los sumergía en un trance absoluto.
La habitación era un caos, un sauna denso cargado de feromonas, sudor y respiraciones pesadas. Do perdió hasta la última gota de raciocinio. Sus colmillos alargados rasparon la piel del omega. Guiado por su instinto más primitivo, buscó la glándula de olor en el cuello de Kai y hundió los dientes con fuerza, perforando la piel y marcándolo definitivamente como suyo.
Kai gritó su nombre mientras el éxtasis lo partía en dos, su cuerpo convulsionando apretado alrededor del alfa. Fue en ese instante, en medio del orgasmo que los consumía a ambos, que Do alcanzó su propio límite. Se hundió hasta el fondo con un rugido y la base de su miembro se hinchó rápidamente, formando el nudo que los ancló juntos, fusionándolos en cuerpo y alma bajo el agua.
Más tarde, cuando la respiración de ambos se calmó, Do lo lavó con mucho cuidado y lo llevó a la cama para que descansara. Cuando se estaba por ir, Kai lo detuvo.
—Por favor, no me dejes —pidió el omega. (¿Era por el celo, o realmente no quería que se fuera de su lado?, pensó Kai).
—Está bien. Solo descansa —respondió Do, y besó dulcemente su frente.
Do acarició el pelo de Kai hasta que este se quedó dormido. Ahí se pudo relajar e intentar descansar.
La noche quedó envuelta en silencio.
El vínculo terminó de sellarse.
Cuando amaneció, ninguno de los do
s volvió a ser exactamente el mismo.