La casa de los silencios

De Nebelung, por Danus

La primera noche, la gata no dejó de mirar hacia afuera, sentada frente al ventanal que daba al patio trasero, solo observaba. No maulló, ni pareció tener ganas de salir. Se quedó ahí, quieta, con la cola enroscada alrededor de las patas y los ojos clavados en la oscuridad del jardín.

A Martina le pareció raro. Más raro todavía fue que, al apagar la luz de la cocina, la gata girara la cabeza y la mirara directo a ella. Como si hubiera estado esperando justo eso.

—¿Qué te pasa? —murmuró Martina.

La gata no contestó, obvio. Se levantó y caminó hacia el pasillo. Martina la vio desaparecer detrás de la pared y por un segundo pensó en seguirla, pero estaba muerta de cansancio. Se habían pasado el día entero bajando cajas, moviendo muebles y limpiando habitaciones que llevaban meses cerradas. La casa todavía olía a humedad, madera vieja y pintura fresca.

Era la primera noche en la casa nueva. Y ya quería dormir.

Subió las escaleras hasta su cuarto.

La casa había sido de un tal Esteban Ledesma. Eso era todo lo que Martina y su padre sabían de él. El agente inmobiliario les había dicho que vivió ahí casi treinta años y que murió sin hijos; después la propiedad quedó tirada más de un año.

—Es una casa vieja, pero sólida —dijo el hombre mientras recorrían las habitaciones—. El dueño anterior era medio... particular.

Martina sonrió.

—¿Particular cómo?

El agente tardó de más en responder.

—Muy reservado.

Fue en esa misma recorrida que Martina vio a la gata por primera vez, enroscada en el marco de una ventana como si llevara ahí toda la vida.

—Esa es de la casa —les explicó el agente, medio incómodo—. Ya estaba cuando el señor Ledesma falleció, y la propiedad quedó vacía más de un año. Vecinos, inmobiliaria, nadie la pudo sacar de acá. Volvía siempre.

—¿Y nadie la adoptó?

—Lo intentaron. Un par de veces. Se las arreglaba para volver.

Martina no había planeado quedarse con un animal —mucho menos uno que no era suyo, en una casa que recién empezaba a sentir propia—, pero algo en la forma en que la gata la miró esa tarde, sin acercarse ni asustarse, hizo que no tuviera el corazón para pedir que se la llevaran. Terminó por aceptarla, casi sin decidirlo del todo, como quien hereda algo que no pidió pero tampoco puede rechazar. Su padre también estuvo de acuerdo con ello, tener una gata en una casa vieja podría mantener alejadas a las ratas y palomas que quisieran colarse por posibles aberturas.

A pesar de estar cansada por el día de trabajo no pudo pegar un ojo, era raro no estar en su antigua habitación. Se dio vuelta en la cama. El reloj del celular marcaba las 2:13. Cerró los ojos e intentó dormir.

Escuchó un ruido.

Tac.

Abrió los ojos. Silencio. Tac. Esta vez estaba segura: venía del techo.

Se sentó despacio en la cama y miró hacia arriba buscando escuchar mejor.

—¿Ratas?

La casa crujió. Un golpe seco atravesó el techo. Tac, tac, tac. Tres golpes, y después nada. Esperó. Pasaron diez segundos, veinte, treinta, y no volvió a escucharse nada. Se acostó otra vez.

—Es una casa vieja —se dijo, y trató de creérselo.

A las 2:17 la gata empezó a erizarse. Estaba sentada en el pasillo, frente a la escalera, mirando hacia arriba. Martina no la vio: todavía dormía.

A la mañana siguiente encontró una caja abierta en el comedor. No se acordaba de haberla dejado así. Era una de las que habían traído de la casa anterior, con libros, fotos y algunas cosas chicas que Martina había guardado a último momento.

Se acercó y revisó el contenido. Todo parecía estar en su lugar, hasta que encontró una foto tirada en el piso. La levantó: era una foto vieja de su mamá, de muchos años antes de que ella naciera, que había guardado con cuidado entre las páginas del libro que su madre le leía de niña. No tenía ningún sentido que hubiera terminado ahí tirada.

—Mamá...

Se quedó mirando la foto. Y ahí notó algo: en el fondo de la imagen se veía una casa. La misma casa donde estaban viviendo ahora. La foto era de hacía más de veinte años, cuando la propiedad todavía era de los Ledesma. Y parada junto a una ventana del piso superior había una figura. Una mujer, o eso parecía. Martina acercó la foto a la cara —la figura estaba demasiado borrosa para distinguirle la cara—, pero llevaba un vestido oscuro. Y miraba hacia la cámara.

Se le cayó la foto de las manos.

La gata apareció detrás de ella, la miró, después miró la fotografía, y empezó a bufar.

—¿Qué viste?

La gata retrocedió. Martina nunca había visto a un animal reaccionar así: el lomo arqueado, el pelo completamente parado, las pupilas dilatadas. No le sacaba los ojos de encima a la foto.

Entonces, desde algún lugar de la casa, se escuchó un golpe.

PUM.

Martina pegó un salto.

—¿Papá?

Nadie contestó. Su papá estaba afuera, arreglando algo del auto. La gata salió corriendo. Martina guardó la fotografía en un cajón. No quiso volver a mirarla.

Por la tarde Martina había bajado al sótano a buscar una caja de herramientas para su padre, cuando vio que, detrás de unas estanterías, había una puerta de madera que no había visto el día de la recorrida. Corrió una de las estanterías. La puerta tenía un candado antiguo. Se acercó a mirarlo: estaba oxidado, pero no cerrado. El arco metálico apenas apoyado sobre la cerradura.

Sintió una presión rara en el pecho. Podía abrirlo. Solo tenía que levantarlo.

Lo hizo.

CLAC.

El candado cayó al piso y la puerta se abrió unos centímetros. De adentro salió un olor raro, distinto al de la humedad. Algo más parecido a tierra recién removida.

Encendió la linterna del celular y abrió la puerta. Primero asomó la cabeza.

—¿Hola?

Su propia voz le sonó ridícula. Avanzó un paso: el espacio detrás de la puerta era angosto, con las paredes cubiertas de cemento. Al final había otra puerta. Iluminó la superficie: había algo escrito, no con pintura, sino con arañazos. Cuatro palabras.

NO DEJES QUE DESPIERTE.

Se le cortó la respiración. La luz del celular le tembló en la mano.

Y ahí escuchó algo detrás de ella. Un sonido leve, un roce, como uñas deslizándose sobre el cemento. Se dio vuelta: la gata estaba en lo alto de la escalera, mirándola. Pero esta vez no estaba erizada. Estaba completamente quieta, con los ojos puestos en la puerta del fondo.

Martina miró de nuevo el mensaje, después a la gata.

—¿Qué hay ahí?

La gata bajó un escalón. Después otro. Y otro, hasta quedar justo frente a ella. Por primera vez desde que habían llegado a la casa, el animal hizo un sonido: no fue un maullido, fue un gruñido bajo. Un aviso.

Algo se escuchó detrás de la puerta del fondo. Muy despacio, como si alguien hubiera apoyado la mano del otro lado. Y apareció una sombra por debajo.

Martina retrocedió. La gata se metió entre ella y la oscuridad. La sombra se quedó quieta. Pasaron varios segundos sin que ocurriera nada, y después, desde el otro lado, golpearon tres veces.

Tac. Tac. Tac.

El mismo ritmo de la noche anterior.

La gata levantó la cabeza asustada y salió del sótano desesperada. Martina, levantó el candado del piso, cerró la puerta de un golpe e intentó colocarlo y cerrarlo, pero estaba tan oxidado que el candado no cerró, así que lo dejó como estaba, volvió a mover el estante y subió las escaleras, cruzó el comedor y no paró hasta llegar a la cocina.

Su papá entró justo en ese momento.

—¿Qué pasó?

Martina trató de contestar y no pudo. Se quedó mirando hacia el pasillo. La gata estaba ahí, sentada, observándola. Y detrás de ella, en la pared, colgaba una fotografía que Martina hubiera jurado que no estaba antes: un retrato del antiguo dueño de la casa.

Esteban Ledesma.

Se acercó despacio. El hombre estaba sentado en una silla, con las manos apoyadas sobre las piernas. Pero había algo que la frenó en seco: a sus pies estaba la misma gata. La de pelaje ceniza.

Miró al animal. Después volvió a mirar la foto. Era imposible: la fotografía parecía tener décadas, y la gata no había cambiado un solo detalle. Ni siquiera los ojos.

Entonces vio algo más. En la parte de abajo del retrato, escrito a mano, había una fecha: 1998. Y debajo, una frase:

"Ella sabe cuándo va a volver."

Sintió que se le helaba algo adentro. Desde el sótano llegó un ruido: el mismo golpe seco de la primera noche, solo que esta vez no venía de arriba. No fueron tres golpes — fue uno solo, mucho más fuerte — y la casa entera pareció temblar.

La gata, por primera vez, dejó de mirar a Martina. Miró en dirección al sótano, hacia el lugar exacto debajo del cual estaba la habitación secreta. Y empezó a temblar.

Ahí Martina entendió algo que todavía no podía explicar: la gata no le tenía miedo a la casa. Le tenía miedo a lo que había debajo.

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