El cuaderno de la casa

De Nebelung, por Danus

Esa noche nadie mencionó el sótano.

Martina había bajado a cenar todavía con el olor a tierra removida metido en la nariz, y cuando su papá le preguntó por segunda vez qué le había pasado, ella solo dijo que se había asustado con una rata. Grande, agregó, para que sonara convincente.

Su papá se rió.

—Y yo que pensé que la gata nos iba a salvar de eso —dijo, señalándola con el tenedor—. ¿Ya le pensaste un nombre, o la vamos a llamar "la gata" toda la vida?

Martina la miró. No se había puesto a pensar en eso.

—Todavía no.

Como si hubiera entendido la palabra, la gata levantó la cabeza desde el rincón donde estaba tirada y los miró a los dos, primero a su papá, después a ella. Se quedó así un segundo, con esa fijeza rara que tenía para mirar. Después se levantó, cruzó la cocina despacio y se subió al regazo de Martina, refregando la cabeza contra su mano antes de acomodarse ahí como si nada.

Su papá se rió.

—Bueno, parece que ya eligió con quién se queda.

Esa noche, por primera vez desde que habían llegado, la gata comió. Se instaló bajo la mesa, cerca de los pies de Martina, y no se movió de ahí hasta que apagaron la luz de la cocina.

A la mañana siguiente, Martina se despertó tarde. Había dormido de un tirón. Bajó, se preparó café, y encontró a su papá sentado en el patio trasero con la notebook abierta.

—Encontré algo —dijo, sin levantar la vista—. Sobre el viejo.

Martina se sentó enfrente.

—¿Ledesma?

—Salió en el diario local. Dos veces.

Le dio vuelta la pantalla. Era una nota de un diario de pueblo, de esos que todavía suben escaneos de ediciones viejas a una web. El título decía: Vecinos denuncian ruidos extraños en propiedad de Ledesma.

Estaba fechada en 2003.

—Hay más abajo —dijo su papá.

Martina leyó. La nota hablaba de quejas de los vecinos por golpes durante la madrugada, algo que según el cronista "el señor Ledesma atribuyó a problemas de cañerías". Un vecino, identificado solo con las iniciales R.G., decía que hacía años que escuchaba "algo caminando" en la casa de al lado, incluso cuando Ledesma no estaba.

La segunda nota, de 2011, era apenas una gacetilla policial. Un vecino identificado como R.G. dio aviso a la policía tras escuchar golpes varias noches seguidas en la vivienda de Esteban Ledesma (74), sin obtener respuestas al llamar a su puerta. Personal policial ingresó al domicilio y constató su fallecimiento. La causa de la muerte no fue determinada. No había una tercera nota.

Se quedaron en silencio un rato. Desde algún lugar del jardín llegó el maullido de la gata, que había salido a cazar algo entre los yuyos altos del fondo.

—¿Será que nos mudamos a una casa embrujada? —preguntó Martina, tratando de que sonara como una broma.

Su papá cerró la notebook a medias, sin dejar de mirarla.

—Creo que las casas viejas hacen ruido. Y que a veces la gente inventa el resto.

No sonó muy convencido ni él mismo.

El maullido se fue acercando, y un segundo después la gata saltó al borde de la mesa, con algo verde enredado en el bigote —una hoja, probablemente. Se sentó ahí, muy digna, como esperando que la aplaudieran.

—Ya que estamos —dijo su papá, abriendo la notebook de nuevo—, busquemos qué raza es. Con ese pelo tiene que ser de alguna en particular.

Tipeó algo. Gata gris pelo largo ojos verdes. Giró la pantalla hacia Martina.

—Nebelung.

Martina leyó por arriba: pelaje ceniza, denso, ojos color esmeralda. Una raza poco común. Miró a la gata, que seguía sentada en el borde de la mesa con esa fijeza de siempre.

—Nebelung —repitió, probando cómo sonaba—. Nebe.

La gata parpadeó despacio, como si aprobara.

—Bueno —dijo su papá—, ya tiene nombre.

Pasaron dos días sin que se escucharan ruidos raros. Martina empezaba a convencerse a sí misma de la idea de las ratas.

Pasado el mediodía, se encontraba acomodando su cuarto: colgó cuadros, armó el escritorio. Nebe la seguía de habitación en habitación como si tuviera un trabajo que hacer, siempre unos pasos atrás, siempre mirando de reojo hacia los rincones que Martina ni se molestaba en mirar.

Mientras guardaba ropa en el placard, notó que uno de los cajones no cerraba del todo bien. Al revisarlo encontró la razón: el fondo era falso, apenas apoyado sobre el marco, como si alguien lo hubiera levantado antes sin volver a encajarlo del todo.

Y algo metido ahí.

Era una libreta vieja, de páginas amarillentas.

Martina la sacó con cuidado. En la primera hoja, con letra prolija, decía: E. Ledesma. — Cuaderno de la casa.

La abrió. Las primeras páginas eran anotaciones de todos los días: reparaciones, gastos, algún comentario sobre el clima. Reglas de una casa vieja, nada más. Pasó varias hojas así, una tras otra, hasta que se topó con un tramo entero en blanco —diez, quizás doce páginas sin usar— y después, de golpe, las anotaciones volvían a empezar. Pero ya no eran sobre cañerías ni goteras.

3 de julio. Otra vez los golpes. Tres, siempre tres. Ya no creo que sea al azar.

2 de septiembre. Hoy bajé, a pesar de todo. El mensaje de la puerta volvió a cambiar: hay una palabra que la semana pasada no estaba. Alguien, o algo, lo sigue escribiendo.

Martina sintió que se le secaba la boca.

Pasó las páginas que quedaban. Algunas estaban arrancadas. Otras, tachadas con una fuerza que había roto el papel.

En la última hoja escrita encontró esto:

No sé cuánto tiempo más voy a aguantar esto solo. Cada año pasa menos tiempo entre un golpe y el siguiente. La gata estaba en esta casa antes que yo, y va a seguir estando después. No es mía, nunca lo fue. Es lo único que hace que la puerta siga aguantando.

Si alguien encuentra esto: no bajen después del tercer golpe. Y no se les ocurra sacar a la gata de la casa. Mientras ella se quede, hay tiempo

Martina pensó en las cuatro palabras que había visto grabadas en la puerta del fondo. ¿Acaso eran las mismas palabras que Ledesma mencionaba en sus notas?

Cerró la libreta.

De repente, desde algún lugar de la planta baja, el reloj de pared que habían colgado en el living empezó a sonar. Marcaba las tres.

Y entonces, muy despacio, desde el fondo de la casa, llegó un golpe.

Uno.

Silencio.

Después otro.

Martina contó en su cabeza, casi sin querer, esperando el tercero.

No llegó.

En cambio, escuchó a Nebe maullar, larga y desesperadamente, desde algún lugar cerca de la escalera del sótano.

Como si supiera que, esta vez, no había hecho falta terminar la cuenta.

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